El traje nuevo del emperador

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El traje nuevo del emperador, el cuento de Andersen para leer a los niños. Dos tejedores prometen una tela que solo ven los que valen para su cargo.

Hubo una vez un emperador al que no le interesaba nada más que la ropa.

Hubo una vez un emperador al que no le interesaba nada más que la ropa. Otros reyes se gastaban el dinero en ejércitos o en caballos; él se lo gastaba en trajes. Y si alguien preguntaba dónde estaba el emperador, le contestaban: se está cambiando.

Un día llegaron a la ciudad dos forasteros que se hacían pasar por tejedores.

Un día llegaron a la ciudad dos forasteros que se hacían pasar por tejedores. Contaron que sabían tejer una tela como no había otra: preciosa, ligera — y con una particularidad. Quien no valiera para su cargo, o fuera demasiado tonto, no vería esa tela en absoluto.

Al emperador le pareció una tela muy útil.

Al emperador le pareció una tela muy útil. «Me hago un traje — pensó — y en seguida veré quién de mis ministros no sirve.» Y les dio a los tejedores dinero, seda y oro para el trabajo.

Los tejedores montaron dos telares en la sala grande y se pusieron a trabajar.

Los tejedores montaron dos telares en la sala grande y se pusieron a trabajar. Movían las manos por encima de los telares vacíos hasta muy entrada la noche. La seda y el oro los iban metiendo en su bolsa, y nadie lo notaba, porque nadie se acercaba a mirar.

Pasó una semana y el emperador quiso saber cómo iba la cosa.

Pasó una semana y el emperador quiso saber cómo iba la cosa. Pero le dio reparo ir él mismo: ¿y si no veía nada? Así que mandó a su ministro más viejo, un hombre honrado al que todo el mundo respetaba.

El ministro entró en la sala, miró los telares y se quedó frío: no había nada.

El ministro entró en la sala, miró los telares y se quedó frío: no había nada. Abrió mucho los ojos, se acercó, se puso las gafas — y seguía sin haber nada. «Entonces no sirvo para mi cargo — pensó —. Y eso no lo puede saber nadie.»

— ¡Precioso! — dijo en voz alta —. Qué dibujo, qué colores. — ¿Verdad que sí? — dijeron los tejedores, y le señalaron el…

— ¡Precioso! — dijo en voz alta —. Qué dibujo, qué colores. — ¿Verdad que sí? — dijeron los tejedores, y le señalaron el aire, y le explicaron el dibujo. El ministro escuchó con atención para poder repetírselo luego al emperador. Y se lo repitió palabra por palabra.

Después mandaron a un segundo funcionario.

Después mandaron a un segundo funcionario. Y al segundo le pasó exactamente lo mismo: miró, no vio nada, decidió callárselo y volvió diciendo que la tela era un prodigio.

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Fuente del texto: Trama de Hans Christian Andersen (1837), en dominio público. El texto está escrito de nuevo para Marytale — no es la reimpresión de la traducción de nadie.

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