Fifi y las galletas de los deseos
- 10-12 min de lectura
- 29 páginas
En lo más profundo de un bosque encantado vive Fifi, una zorrita que hornea galletas capaces de cumplir deseos… o eso dicen todos. Pero ¿de verdad la magia se esconde en la receta? Este cuento cálido habla de creer en uno mismo, de tener paciencia y de aprender a crear pequeños milagros con las propias manos. A veces, la fuerza más mágica vive en el corazón de quien nunca se rinde.

En lo más profundo de un bosque encantado vivía una zorrita llamada Fifi. Tenía un pelaje dorado, un hociquito astuto y unas patitas hábiles.

Pero, por lo que Fifi era más famosa, era por sus galletas. Y no eran galletas cualquiera: dabas un mordisco, pedías un deseo y —o eso decían todos— se cumplía sin falta.

Un día, un lobezno llegó hasta su puerta con las orejas caídas de tristeza. —Quiero aullarle a la luna, como los lobos grandes —suspiró—. Pero, por más que lo intento, solo me sale un chillido.

Fifi le ofreció una galleta calentita que olía a canela. —Dale un mordisco —le dijo— y cree en ti mismo.

El lobezno mordisqueó una esquina, levantó el hocico hacia el cielo y… nada. Lo intentó otra vez: otro chillido. Lo intentó por tercera vez, con tanto esfuerzo que le temblaron las patitas, y por fin…

—¡Auuuuuú! —aulló tan fuerte y tan hermoso que la luna sobre el bosque brilló un poquito más.

Otra vez vino un osito. —Todos mis amigos encuentran miel, y yo no —refunfuñó—. Por mucho que busco, no doy con ni una sola colmena.

Fifi le ofreció una galleta calentita que olía a miel y le dijo, igual que al lobezno: —Dale un mordisco y cree en ti mismo. El osito se comió su galleta y, a la mañana siguiente, volvió a adentrarse en el bosque.

Buscó durante mucho rato, olfateó el aire, escarbó las hojas con las patas, alzó la cabeza hacia los árboles. Al principio no encontraba nada, pero no se rindió. Por fin, cuando el sol ya se ocultaba tras las copas de los pinos, el osito percibió en el aire un aroma dulce y el suave zumbido de las abejas.

Se volvió, descubrió un tronco hueco, metió la pata dentro… y la sintió hundirse en una miel espesa y dorada. —¡La encontré! —rugió de alegría, dio un brinco y se lamió la pata hasta que los ojos le brillaron de felicidad.

Así, la galleta de Fifi ayudaba a todos los animales del bosque, desde el ratoncito más pequeño hasta el ciervo más orgulloso.

En ese mismo bosque vivían dos erizos gemelos, Pincho y Poncho. Eran inquietos, envidiosos y muy impacientes. Les dolía ver cómo los animales volvían de casa de Fifi con los ojos radiantes, le daban las gracias y la consideraban especial.

—¿Por qué corren todos hacia Fifi y no hacia nosotros? —gruñía Pincho. —Porque nosotros no sabemos hacer nada —le replicaba Poncho—. ¡Robémosle la receta y horneemos nosotros mismos las galletas mágicas!

Y así, un día en que Fifi se fue al bosque a recoger bayas, los erizos se colaron en su casita. Revolvieron todas las estanterías hasta que encontraron un cuaderno lleno de manchas de harina: allí estaba la receta. —¡Viva! ¡Ahora seremos los más felices de todos! —exclamaron casi a la vez.
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La segunda mitad del cuento, con ilustraciones y sin internet.

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