El reloj que guardaba la paz

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En una familia grande y cariñosa, los días se llenaban de risas, pan recién horneado y el alegre bullicio de quienes se quieren de verdad… aunque hasta en las mejores familias hay pequeñas discusiones. Cuando Mía y Tomás descubren un viejo reloj polvoriento en el taller del abuelo, tropiezan con un secreto casi imposible: el reloj solo camina cuando en la casa reina la armonía. Un cuento tierno que nos recuerda que el mayor tesoro es el tiempo que pasamos en paz con quienes amamos.

A las afueras de la ciudad, en una casa pequeña pero acogedora, vivía una familia grande y muy unida.

A las afueras de la ciudad, en una casa pequeña pero acogedora, vivía una familia grande y muy unida.

Allí siempre resonaban risas alegres, olía a repostería recién hecha y las ventanas brillaban con una luz cálida hasta bien…

Allí siempre resonaban risas alegres, olía a repostería recién hecha y las ventanas brillaban con una luz cálida hasta bien entrada la noche. A todos les encantaba estar juntos pero, como suele pasar en las familias grandes, tampoco faltaban las pequeñas discusiones. A veces alguien se comía a escondidas la última galleta, a veces no se ponían de acuerdo sobre a quién le tocaba fregar los platos, y de vez en cuando armaban una feroz competencia por el sitio más cómodo del sofá. Pero pasara lo que pasara, en aquella casa siempre reinaban el calor, el amor y una verdadera unión familiar.

Un día, los curiosos nietos, Mía y Tomás, decidieron asomarse al taller del abuelo, un lugar envuelto en misterio y en olor a…

Un día, los curiosos nietos, Mía y Tomás, decidieron asomarse al taller del abuelo, un lugar envuelto en misterio y en olor a madera vieja. Dentro había una quietud muy especial: en los estantes se alineaban relojes antiguos, por todas partes había herramientas y, entre ellas, menudas piezas desparramadas sin orden.

Pero lo que más llamó la atención de los niños fue un gran reloj de pared, con una caja de madera tallada y finas agujas…

Pero lo que más llamó la atención de los niños fue un gran reloj de pared, con una caja de madera tallada y finas agujas doradas que estaban quietas, como si esperaran algo muy especial.

—Este reloj no es un reloj cualquiera —dijo el abuelo con una sonrisa cálida, entrando al taller.

—Este reloj no es un reloj cualquiera —dijo el abuelo con una sonrisa cálida, entrando al taller.

—¿No es un reloj cualquiera?

—¿No es un reloj cualquiera? —repitió Mía, tocando con cuidado el cristal frío que protegía la esfera. —Así es —asintió el abuelo—. Solo funciona cuando en la casa reina la armonía. En cuanto empiezan las peleas, se detiene. —¡Pero eso es imposible! —exclamó Tomás—. ¡Los relojes no pueden saber lo que sentimos! El abuelo sonrió con aire misterioso. —Compruébenlo ustedes mismos. Y, sin decir una palabra más, dejó a los nietos a solas con el enigmático hallazgo.

Con cuidado, los niños dieron cuerda al reloj, y enseguida empezó a hacer tic-tac, parejo y sereno.

Con cuidado, los niños dieron cuerda al reloj, y enseguida empezó a hacer tic-tac, parejo y sereno. Pero en cuanto se pusieron a discutir sobre quién lo había visto primero, las agujas se detuvieron de golpe.

—¡Vaya cosa! —exclamó Mía, asombrada. —¡Pura casualidad! —replicó Tomás, cruzándose de brazos. Lo intentaron otra vez. Y de…

—¡Vaya cosa! —exclamó Mía, asombrada. —¡Pura casualidad! —replicó Tomás, cruzándose de brazos. Lo intentaron otra vez. Y de nuevo: apenas sus voces se alzaron, el reloj se paró. Mía suspiró y miró a su hermano. —Parece que el abuelo tenía razón… Pero ¿qué hacemos ahora?

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