Lina, la oveja que seguía su propio camino

  • 8-10 min de lectura
  • 18 páginas

En un valle verde donde todos siguen el mismo sendero de siempre, una pequeña oveja llamada Lina elige su propio camino. Este es un cuento sobre la curiosidad, la valentía de ser distinto y la confianza en esa vocecita que llevamos dentro. Les recuerda a los pequeños lectores que, a veces, quienes se apartan del camino conocido son los que ven lo más importante.

En un valle verde, acunado entre altas colinas y prados llenos de flores de colores, vivía un gran rebaño de ovejas blancas,…

En un valle verde, acunado entre altas colinas y prados llenos de flores de colores, vivía un gran rebaño de ovejas blancas, suaves y muy obedientes.

Sus días eran todos iguales.

Sus días eran todos iguales. Cada mañana recorrían el mismo sendero hacia el pastizal, bebían del mismo arroyo de siempre y volvían al redil justo cuando sonaba la campanilla del pastor: tilín, tilín.

Todas menos Lina. Ella era la oveja que siempre se salía del camino. Los senderos trillados no le llamaban la atención: Lina…

Todas menos Lina. Ella era la oveja que siempre se salía del camino. Los senderos trillados no le llamaban la atención: Lina exploraba claros nuevos, se detenía en medio del camino para oler una flor desconocida o se quedaba embelesada mirando cómo el sol bailaba en las gotas de rocío.

A menudo se quedaba atrás y desaparecía de la vista, pero siempre regresaba: un poco despeinada, un poco cansada, y con los…

A menudo se quedaba atrás y desaparecía de la vista, pero siempre regresaba: un poco despeinada, un poco cansada, y con los ojos brillantes de todo lo que había descubierto.

—¿Por qué andas siempre rezagada y sola?

—¿Por qué andas siempre rezagada y sola? —refunfuñaba la vieja Marta, una oveja que conocía todas las reglas y siempre respetaba el orden. —Porque me gusta ver el mundo desde algo más que el sendero por el que caminan todos —respondía Lina con calma. Las demás ovejas cuchicheaban: —Qué rara es… no es como nosotras.

Pero a Lina no le importaba.

Pero a Lina no le importaba. De verdad le importaba explorar, soñar y hacer nuevos descubrimientos. No era terca; simplemente sentía, muy dentro, que el mundo era mucho más grande que un solo sendero.

Un día se juntaron nubes muy oscuras sobre el valle.

Un día se juntaron nubes muy oscuras sobre el valle. El cielo se puso negro de repente y se levantó un viento fuerte. El viejo Bruno, el perro pastor, se inquietó: siempre había tenido olfato para las tormentas.

—¡Al redil! —resonó su ladrido potente. Enseguida las ovejas echaron a andar como siempre, muy juntitas, igual que todos los…

—¡Al redil! —resonó su ladrido potente. Enseguida las ovejas echaron a andar como siempre, muy juntitas, igual que todos los días. Pero Lina se quedó quieta. Miró fijamente el horizonte. Allí, por donde iba el sendero de siempre, el cielo se veía más oscuro que nunca. El aire parecía contener el aliento, y algo dentro de ella le susurró: por ahí no es seguro ir.

En lugar de correr detrás de las demás, Lina se desvió hacia un lado, hacia donde crecían los altos pinos.

En lugar de correr detrás de las demás, Lina se desvió hacia un lado, hacia donde crecían los altos pinos. Entre los árboles descubrió un saliente de roca y, debajo, una pequeña cueva. Entró y enseguida lo sintió: allí estaba a salvo, seco y en silencio, aunque afuera ya retumbaba el trueno.

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