Mía, la monita de las manos limpias

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¡En la selva siempre hay diversión, sobre todo cuando anda cerca la traviesa Mía! Pero un día su plátano favorito estuvo a punto de causarle un buen disgusto. Por suerte, el sabio loro Paco sabe muy bien cómo espantar a los microbios y guardar la alegría. Este cuento alegre enseña a los niños por qué tener las manos limpias es un verdadero superpoder para la salud.

En la selva, entre lianas espesas y flores de todos los colores, vivía una monita muy alegre llamada Mía.

En la selva, entre lianas espesas y flores de todos los colores, vivía una monita muy alegre llamada Mía. Lo que más le gustaba en el mundo era jugar en la arena suave junto al río: levantar torres, cavar hoyos y buscar caracolas brillantes.

Un día, después de jugar durante horas, Mía sacó de su bolsita un plátano amarillo y maduro.

Un día, después de jugar durante horas, Mía sacó de su bolsita un plátano amarillo y maduro. Estaba a punto de darle un buen mordisco cuando, de repente, desde una rama sonó una voz muy alegre…

—¡Eh, pequeña traviesa!

—¡Eh, pequeña traviesa! —chilló el loro Paco, colorido como un arcoíris—. ¿Qué estás tramando?

—Voy a comerme mi plátano —respondió Mía, parpadeando—.

—Voy a comerme mi plátano —respondió Mía, parpadeando—. ¿Y qué tiene eso de raro? Paco extendió las alas y ladeó la cabeza de un lado a otro.

—¡Mírate esas manitas!

—¡Mírate esas manitas! Están llenas de arena, ¡y ahí hay un montón de… microbios! —¿Micro… qué? —se sorprendió la monita.

—¡Microbios! —proclamó Paco muy serio—. Son unos bichitos diminutos que nadie puede ver. ¡Pueden quitarte el apetito y hasta…

—¡Microbios! —proclamó Paco muy serio—. Son unos bichitos diminutos que nadie puede ver. ¡Pueden quitarte el apetito y hasta regalarte un buen dolor de barriga!

Mía se rió. —Anda ya, Paco, ¡si yo no veo ni uno! —Ya, y yo tampoco te veo comer plátanos a escondidas por la noche… ¡pero sé…

Mía se rió. —Anda ya, Paco, ¡si yo no veo ni uno! —Ya, y yo tampoco te veo comer plátanos a escondidas por la noche… ¡pero sé que lo haces! —le guiñó el ojo con picardía.

La monita soltó una risita, pero guardó bien el plátano.

La monita soltó una risita, pero guardó bien el plátano. —Está bien, cuéntame cómo se hace. Paco se acercó, cruzó un ala detrás de la otra y habló como todo un maestro.

—Antes de comer, siempre hay que lavarse las manos.

—Antes de comer, siempre hay que lavarse las manos. Primero te mojas las manitas. Luego coges el jabón y haces espuma durante al menos veinte segundos: ¡más o menos lo que se tarda en cantar tres veces «Ja, ja, ja, mi platanito»!

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