Nix, el hámster del cosmos
- 10-12 min de lectura
- 23 páginas
En un mundo donde los hámsteres no solo roen zanahorias, sino que exploran el universo, vive Nix, un pequeño ingeniero con sueños gigantes. No le da miedo colarse entre los cables ni tropezarse con algo… completamente inesperado, y una simple siesta lo lanza a una aventura por toda la galaxia. Un cuento cálido y divertido sobre la curiosidad que abre mundos nuevos, y sobre cómo los héroes de verdad nacen no en el silencio, sino en la acción.

En un rincón lejano del universo giraba un planeta maravilloso donde solo vivían hámsteres. Era todo un mundo hamsteril, pensado hasta en el más mínimo detalle: puertecitas redondas, acogedores túneles de tubos por donde corretear y hasta un enorme laboratorio espacial con cúpulas transparentes, antenas relucientes y pasillos sin fin por los que zumbaban peluditos científicos.

En lo más hondo del departamento técnico de aquel laboratorio vivía y trabajaba un hámster llamado Nix.

Nix no era de los que se pasan el día calentitos en su madriguera. ¡Era un explorador hasta la punta de los bigotes! Cada día husmeaba con maña entre los cables, se asomaba a las cajas que decían «NO ABRIR» y tenía una manía muy rara: mordisquear a escondidas las esquinas de los planos importantes. Los demás hámsteres decían que era una mala costumbre, pero Nix insistía en que así pensaba mucho mejor.

—Nix, ¿otra vez estás en el compartimento de las baterías? —suspiraba la ingeniera Greta, sacándolo con cuidado de entre los cables de colores. —Solo estaba revisando el sistema de seguridad —murmuraba Nix, apretando en la patita una tuerca que sin duda no debía tocar.

Un día, mientras vagaba por el hangar en busca de un destornillador, Nix se topó con un módulo espacial flamante que estaba justo en medio de la nave. Por dentro era muy acogedor: un asiento blandito, una luz cálida y un aroma tenue, apenas perceptible, a galletas de cacahuete.

«A lo mejor una siestecita…», pensó, bostezando dulcemente, y se acurrucó hecho un ovillo. Pero de pronto… ¡un rugido, una vibración, un despegue! Cuando Nix abrió los ojos, el módulo ya volaba muy lejos, mucho más allá de su planeta natal.

El módulo en el que había ido a parar Nix se había construido especialmente para investigar una señal misteriosa que llegaba desde un rincón lejano del cosmos. La señal sonaba cada día, rítmica y clara, como un latido entre las estrellas. Pero, por más que los hámsteres se esforzaban, su significado seguía siendo un misterio.

Mientras tanto, en el laboratorio las pantallas empezaron a parpadear y una sirena de alarma se puso a aullar.

—¿Qué está pasando? —¡El módulo ha despegado! —¿Qué? ¡Pero si todavía no hemos revisado el sistema de navegación! —Ahí dentro… ¿Nix? ¿Está adentro? —No ha hecho ni un solo entrenamiento… ¡A todos les entró el pánico!

Mientras tanto, la cápsula tocó con suavidad la superficie de un planeta desconocido. El hámster asomó con cuidado su naricita, miró a su alrededor y, al comprobar que todo estaba tranquilo, salió afuera. Ante él se desplegó una imagen increíble: la tierra bajo sus patitas era blanda como un pastel calentito, y alrededor se alzaban árboles esponjosos, parecidos a nubecitas de colores paradas en medio de un sueño mágico.

El aire era cálido y perfumado; olía a caramelo y a algo más, algo dulce y del todo extraterrestre. —Vaya lugar… —susurró Nix, embelesado.
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La segunda mitad del cuento, con ilustraciones y sin internet.

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