Copo, el muñeco de nieve, y la zanahoria de un amigo

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En un patio acogedor y cubierto de nieve vive Copo, un muñeco de nieve muy orgulloso de tener la zanahoria más brillante del mundo entero. Pero un día llega hasta él un conejito muerto de frío, y Copo se enfrenta a una decisión difícil: guardar su orgullo o ayudar a quien lo necesita. Una tierna historia de invierno que nos recuerda que la bondad siempre vuelve… a veces más rápido de lo que imaginamos.

En medio de un patio cubierto de nieve estaba un muñeco de nieve llamado Copo.

En medio de un patio cubierto de nieve estaba un muñeco de nieve llamado Copo. Era redondito, rechoncho y brillaba de arriba abajo, y se sentía especialmente orgulloso de su nariz: una zanahoria grande, grande y de un naranja resplandeciente.

—¡Eso sí que es una nariz!

—¡Eso sí que es una nariz! —le gustaba decir a Copo, levantando su blanca barbilla—. ¡Todos los muñecos de nieve me tienen envidia!

Una mañana muy fría, un conejito blanco llegó dando saltitos hasta él.

Una mañana muy fría, un conejito blanco llegó dando saltitos hasta él. —Hola… —chilló bajito—. Copo, ¿no habrás visto… una zanahoria? Aunque sea pequeñita. Tengo tanto frío y tanta hambre…

Copo echó la cabeza hacia atrás de un tirón, como si quisiera esconder su nariz.

Copo echó la cabeza hacia atrás de un tirón, como si quisiera esconder su nariz. —¿Una zanahoria? ¿Te refieres… a la mía? ¡Pero si no hay otra igual en todo el mundo! Si te la doy, ¿qué me queda a mí? Un muñeco de nieve sin nariz… ¡nadie me reconocería!

El conejito bajó las orejas y ya se iba, pero de pronto se sentó junto a Copo, solo para descansar un poquito.

El conejito bajó las orejas y ya se iba, pero de pronto se sentó junto a Copo, solo para descansar un poquito. Sus patitas temblaban de frío.

Copo miró al conejito.

Copo miró al conejito. Luego miró su zanahoria. Y después miró el campo blanco, frío y vacío que los rodeaba. —Está bien —suspiró—. Pero no te la comas toda de una vez. Es… es mi orgullo, ¿sabes?

Con mucho cuidado, el muñeco de nieve se quitó la zanahoria de la cara y se la ofreció.

Con mucho cuidado, el muñeco de nieve se quitó la zanahoria de la cara y se la ofreció. —¡Gracias! —chilló el conejito, y le dio un mordisquito muy pequeño.

Y allí se quedó Copo, sin nariz.

Y allí se quedó Copo, sin nariz. Un viento helado le rozó enseguida la cara vacía. —Estupendo —suspiró—. Ahora parece que se olvidaron de terminarme.

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