Personajes de cuentos infantiles

El lobo, la madrastra, el hermano menor, el espejo. Los papeles que se repiten en casi todos los cuentos, y por qué se repiten.

Quien lee muchos cuentos a un niño nota pronto una cosa: los personajes se repiten. No los nombres — los papeles. Hay un lobo, hay alguien que manda en la casa y no quiere al protagonista, hay un hermano menor al que nadie toma en serio, y hay alguien o algo que ayuda en el momento justo.

Eso no es falta de imaginación. Los cuentos populares se contaron de memoria durante siglos, y un papel reconocible es lo que permite a quien escucha seguir la historia sin perderse. El niño de cuatro años que ya sabe qué es un lobo no necesita que se lo expliquen otra vez: puede dedicar toda su atención a lo que va a pasar.

Abajo están los papeles que más se repiten, con ejemplos de cuentos que se pueden leer completos aquí.

El lobo

Es el antagonista más usado de la tradición europea, y casi nunca es fuerte: es hambriento y confiado. Pierde por lo mismo en casi todos los cuentos — por creerse más listo de lo que es.

En «Caperucita Roja» habla con voz suave y pregunta por el camino más largo. En «Los tres cerditos» sopla, y con la paja y la madera le sirve, pero con el ladrillo no. En «El lobo con piel de oveja» se disfraza y el disfraz lo pierde.

Conviene saber una cosa antes de leerlo en voz alta: el lobo asusta, y eso es parte del trabajo del cuento. Lo que hace que el susto sea soportable no es quitar al lobo, sino que el cuento termine.

La madrastra

Aparece en «Blancanieves», en «Cenicienta» y en «Hansel y Gretel», y siempre en el mismo sitio: dentro de la casa, mandando, y sin querer al protagonista.

Aquí hay un dato que cambia cómo se lee el papel. En la primera edición de los hermanos Grimm, de 1812, en «Blancanieves» y en «Hansel y Gretel» no era la madrastra — era la madre. Los Grimm lo cambiaron en ediciones posteriores, cuando el libro empezó a venderse como lectura para niños. Es decir: la madrastra de los cuentos es, en parte, una corrección editorial.

Por eso el papel funciona mejor si no se lee como «las madrastras son malas», sino como lo que es: alguien con poder en casa que lo usa mal. Los niños entienden eso perfectamente.

El menor de tres

Tres hermanos, tres cerditos, tres hijos del rey: y gana el pequeño. Es el patrón más viejo del cuento popular, y no es casualidad — el que escucha suele ser también el pequeño de la casa.

Gana, además, de una manera concreta: no por fuerza, sino porque hace lo que los mayores no se molestaron en hacer. El tercer cerdito es el único que construye de ladrillo. La hija menor del rey del mar es la única que sube a la superficie para quedarse.

El que ayuda

Ningún protagonista de cuento se salva solo, y el ayudante casi nunca es humano ni poderoso. Es lo más pequeño que hay a mano.

En nuestra «Cenicienta» no hay hada madrina: es una viejecita la que convierte el delantal en vestido. En la versión de los hermanos Grimm no hay ni viejecita — hay un avellano que creció sobre la tumba de la madre, y unas palomas. En «Hansel y Gretel» el que los cruza al otro lado del agua es un pato blanco. En «El león y el ratón», el que salva al león más grande del bosque es el animal más pequeño de la fábula.

Es el papel más útil para hablar con un niño después de leer, porque la pregunta «¿quién ayudó?» casi siempre tiene una respuesta que sorprende.

El objeto que dice la verdad

No es una persona, pero funciona como personaje: habla, contesta y pone la historia en marcha.

El espejo de «Blancanieves» es el ejemplo puro. No hace nada, no se mueve, no desea — solo contesta la verdad cuando se le pregunta, y eso basta para que todo ocurra. El huso de «La bella durmiente» hace lo mismo sin hablar: está ahí, cumple lo que se dijo que cumpliría, y el reino se duerme cien años.

La bruja

Se distingue del lobo en una cosa: el lobo quiere comer, la bruja quiere cambiar. Cobra, pacta, pide algo a cambio.

La bruja del mar de «La sirenita» le da piernas y le cobra la voz — le corta la lengua. La hechicera de «Rapunzel» se lleva a una niña como pago por un puñado de plantas. La bruja de «Hansel y Gretel» es la excepción que sí quiere comer, y pierde por lo que Gretel se da cuenta a tiempo.

El príncipe

Es, con diferencia, el personaje menos descrito de los cuentos clásicos, y vale la pena decirlo en voz alta. Casi nunca tiene nombre, casi nunca tiene carácter, y su función suele ser llegar al final.

Hay excepciones, y son las que se recuerdan: el príncipe de «Rapunzel» pasa años ciego antes de reencontrarla. El de «La sirenita» no hace nada malo y aun así el cuento acaba mal — se casa con quien cree que le salvó la vida, sin saber la verdad.

Los que no tienen nombre

Esto sorprende a mucha gente: la mayoría de los protagonistas de los cuentos clásicos no tienen nombre propio.

La sirenita de Andersen no se llama de ninguna manera — es «la hija menor» o «la pequeña sirena», y los nombres que la gente recuerda vienen del cine, no del cuento. «Caperucita Roja» es un apodo, no un nombre: la llaman así por una capa que le cosió su abuela. Blancanieves es una descripción — piel blanca como la nieve. Cenicienta es un mote que le pusieron por dormir junto a la ceniza.

Tienen nombre los que llegaron más tarde y de un autor concreto: Hansel y Gretel, Pinocho, Gepetto, Rapunzel. Cuanto más antiguo y más popular el cuento, menos nombres hay — porque un nombre propio es lo primero que cambia cuando una historia pasa de boca en boca.

Cómo usar esto leyendo con un niño

Después de dos o tres cuentos, la pregunta que mejor funciona no es «¿quién era el malo?», sino «¿quién ayudó?». La primera tiene una respuesta obvia; la segunda obliga a recordar la historia.

Y hay un juego que sale solo con los papeles de arriba: al empezar un cuento nuevo, preguntar quién será el que ayuda. A partir del cuarto o quinto cuento, los niños aciertan — y ese acierto es, en realidad, la primera vez que leen una estructura.

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