Quién escribió los cuentos que conocemos

La Cenicienta, Caperucita Roja y La Sirenita las escribieron tres personas distintas en tres siglos distintos. Quiénes fueron y cuándo.

Cuando alguien pregunta quién escribió un cuento infantil, casi siempre la respuesta correcta son dos nombres y una fecha en la que ya se contaba sin ninguno de los dos. Estos son los tres que dejaron por escrito casi todo lo que hoy se lee en voz alta.

Charles Perrault (1628–1703) — Francia

Publicó en 1697 un libro pequeño con ocho cuentos: Caperucita Roja, La Cenicienta, El gato con botas, La bella durmiente, Pulgarcito, Barba Azul, Piel de asno y Las hadas. Salió firmado con el nombre de su hijo, de diecinueve años, porque un académico serio no publicaba cuentos de viejas con su propio nombre.

Las suyas son las versiones cortesanas: el hada madrina, la calabaza y el zapato de cristal de La Cenicienta son de Perrault, no de los Grimm.

Jacob y Wilhelm Grimm (1785–1863, 1786–1859) — Alemania

No inventaron sus cuentos: los recogieron. Eran lingüistas, y reunieron las historias como material para estudiar la lengua alemana. El primer tomo salió en 1812 con 86 cuentos; el segundo, en 1815, con 70 más. Publicaron siete ediciones a lo largo de cuarenta y cinco años, y la última, la de 1857, es la que se traduce en todo el mundo.

Suyos son Hansel y Gretel, Rapunzel, Blancanieves, Los músicos de Bremen, El lobo y los siete cabritillos y Doña Nieve. Y también una Cenicienta distinta de la de Perrault: sin hada y sin calabaza, con un avellano sobre la tumba de la madre.

Hans Christian Andersen (1805–1875) — Dinamarca

El único de los tres que escribía cuentos propios en vez de recoger los ajenos. La Sirenita, El patito feo, La reina de las nieves, El traje nuevo del emperador, La vendedora de fósforos y Pulgarcita son suyos de principio a fin, con argumento inventado por él.

Por eso sus finales son distintos: no tienen que terminar bien. La sirenita no se queda con el príncipe y la vendedora de fósforos no llega a la mañana, y eso no es una versión dura de algo que antes fuera amable — es lo que Andersen escribió.

¿Y los cuentos populares?

Los tres cerditos, Juan y las habichuelas mágicas, El nabo gigante o Ricitos de oro no tienen autor. Se contaban de boca en boca y alguien los puso por escrito mucho después: a Los tres cerditos los recogió el inglés James Halliwell en 1886, y a Ricitos de oro, Robert Southey en 1837.

Por eso de ellos hay diez versiones y ninguna es la falsa. Quien busca «el cuento original» de uno de estos está buscando algo que nunca existió en una sola forma.

Cuento, fábula y leyenda no son lo mismo

La fábula es corta, los personajes son animales y la moraleja está dicha en voz alta al final: así son las de Esopo. El cuento maravilloso es más largo, tiene magia y no explica su conclusión — la saca el lector. Y la leyenda se cuenta como si hubiera pasado de verdad, en un sitio con nombre.

La diferencia importa a la hora de leer en voz alta: a una fábula se le puede preguntar «¿y tú qué habrías hecho?», y a un cuento maravilloso, mejor no preguntarle nada y dejar que se quede.

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