Tupsi y la tormenta

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Un cuento de dinosaurios para niños que tienen miedo a las tormentas. Tupsi aprende a contar desde el relámpago hasta el trueno.

Tupsi era un dinosaurio pequeño de lomo verde y cola muy larga.

Tupsi era un dinosaurio pequeño de lomo verde y cola muy larga. Vivía con su madre y su abuela en un valle junto al río, donde crecían helechos más altos que él y donde casi todos los días pasaba algo interesante.

No le gustaban las tormentas.

No le gustaban las tormentas. Cuando el cielo se ponía oscuro en mitad del día, Tupsi buscaba la hoja más grande que pudiera encontrar, se metía debajo y se quedaba allí hasta que todo terminaba, contando los latidos de su propio corazón.

Aquella tarde el aire se puso denso y pesado, como si alguien hubiera tapado el valle con algo grande.

Aquella tarde el aire se puso denso y pesado, como si alguien hubiera tapado el valle con algo grande. Las libélulas volaron bajo sobre el agua y dejaron de volar del todo, y los helechos se quedaron quietos aunque no hubiera viento.

El primer relámpago cruzó el cielo entero, de una colina a la otra, y durante un instante el valle se puso blanco como a…

El primer relámpago cruzó el cielo entero, de una colina a la otra, y durante un instante el valle se puso blanco como a mediodía. Tupsi se metió debajo del helecho más grande antes de que llegara el trueno, y el trueno llegó enseguida y fue enorme.

Su madre se sentó a su lado, en la arena mojada.

Su madre se sentó a su lado, en la arena mojada. No le dijo que no tuviera miedo, porque sabía que esa frase no le ha servido todavía a nadie en la historia. Se quedó allí sentada, y eso ya era algo.

— Cuando veas el relámpago, ponte a contar — dijo su madre —.

— Cuando veas el relámpago, ponte a contar — dijo su madre —. Y para justo cuando oigas el trueno. Tupsi no entendió para qué servía eso, pero contar era mejor que estar escuchando, así que aceptó.

Volvió a relampaguear.

Volvió a relampaguear. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. El trueno llegó más tarde que la vez anterior y sonó claramente más flojo, como si alguien lo hubiera tapado con una manta.

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