El dinosaurio que no sabía rugir

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Un cuento de dinosaurios para niños. Ris solo sabe hacer un pío finito, y en medio de la niebla resulta ser el único sonido que sirve.

En el valle, pasada la curva del río, vivía un dinosaurio pequeño que se llamaba Ris.

En el valle, pasada la curva del río, vivía un dinosaurio pequeño que se llamaba Ris. Todos en su familia sabían rugir, y no de cualquier manera: su padre rugía tan fuerte que se caían hojas de los árboles, y su hermana mayor había aprendido a rugir con eco.

Cuando Ris lo intentaba, le salía un pío.

Cuando Ris lo intentaba, le salía un pío. Un pío finito y muy corto, como el de un pájaro que se posa en una rama y se va a ir enseguida. Ris practicaba junto al agua, donde no lo oía nadie, y siempre le salía lo mismo.

— Ya te saldrá con el tiempo — decía su madre cada vez que le veía la cara.

— Ya te saldrá con el tiempo — decía su madre cada vez que le veía la cara. — Puede que no te salga — decía su hermana, pero lo decía sin maldad, solo porque era verdad que a veces no sale.

Junto al río, Ris descubrió una cosa que no le contó a nadie: su pío llegaba por encima del agua mucho más lejos de lo que…

Junto al río, Ris descubrió una cosa que no le contó a nadie: su pío llegaba por encima del agua mucho más lejos de lo que parecía. Cuando piaba en la orilla, algo le contestaba desde el otro lado — y no era el eco, porque el eco vuelve igual, y aquello volvía distinto.

Una mañana entró en el valle la niebla.

Una mañana entró en el valle la niebla. No la niebla normal de la mañana, que desaparece después del desayuno, sino una espesa y blanca como la leche — de esas en las que no se ve ni la propia cola. Los adultos dijeron que nadie se moviera del nido.

Todos se quedaron junto al nido — todos menos la pequeña Nuta.

Todos se quedaron junto al nido — todos menos la pequeña Nuta. Nuta era la más pequeña de la manada y todavía no entendía qué quiere decir quedarse. Salió a mirar la niebla de cerca, dio unos pasos, y la niebla se cerró detrás de ella.

Cuando se dieron cuenta, empezó la búsqueda.

Cuando se dieron cuenta, empezó la búsqueda. El padre rugía. La madre rugía. La hermana rugió hasta quedarse ronca. Los rugidos rebotaban en las laderas, volvían de tres sitios a la vez y llenaban el valle entero de un ruido que no señalaba ninguna dirección.

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