La gatita Lulú y los frascos que no se tocan

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Lulú es una gatita diminuta con un corazón enorme para la aventura: nada le gusta más que descubrir lugares nuevos. Pero una tarde encuentra un estante lleno de frascos brillantes y de colores, y está a punto de meterse en un buen aprieto. Esta tierna historia enseña a los niños por qué las medicinas y los productos de limpieza nunca son juguetes, y por qué los exploradores más valientes son siempre los más prudentes.

En una casa grande junto a un jardín vivía una gatita diminuta llamada Lulú.

En una casa grande junto a un jardín vivía una gatita diminuta llamada Lulú. Era curiosa desde la punta de las orejas hasta la punta de la cola, y más que nada en el mundo le encantaba explorar.

Una tarde, mientras Mamá Gata dormitaba en el porche, Lulú se coló, callada como un suspiro, en el pequeño cuarto de los…

Una tarde, mientras Mamá Gata dormitaba en el porche, Lulú se coló, callada como un suspiro, en el pequeño cuarto de los trastos. En un estante alto había una fila de frascos de colores —azules, verdes, rosados— con etiquetas brillantes. Resplandecían entre los rayos de luz como si fueran auténticas joyas.

Lulú ya estiraba su patita para acercar rodando uno de los frascos, cuando a su espalda sonó una voz firme.

Lulú ya estiraba su patita para acercar rodando uno de los frascos, cuando a su espalda sonó una voz firme. —¡Lulú, cuidado! —dijo Papá—. ¡A esos frascos no se los puede ni tocar!

La gatita parpadeó sorprendida.

La gatita parpadeó sorprendida. —¿Por qué? Si son tan bonitos… —Y en eso mismo está su peligro —dijo Papá Gato muy serio.

—Solo parecen inofensivos —siguió Papá—.

—Solo parecen inofensivos —siguió Papá—. En realidad son productos de limpieza muy fuertes. Hasta una gotita minúscula podría hacerte daño. Lulú apartó la patita de golpe. —No lo sabía… —susurró.

Papá le acarició con ternura la cabecita y dijo en voz baja: —Recuerda esto, cariño: nunca abras un frasco ni un botecito sin…

Papá le acarició con ternura la cabecita y dijo en voz baja: —Recuerda esto, cariño: nunca abras un frasco ni un botecito sin permiso de un adulto. Las medicinas y los productos químicos no son juguetes, nunca. Y si encuentras algo así, llámanos enseguida a Mamá o a mí.

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