El ferrocarril subterráneo del topo Tomás
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- 15 páginas
Tomás es un pequeño topo de ojos curiosos que ama, más que ninguna otra cosa, explorar los senderos escondidos bajo su bosque. Cuando su costumbre de cavar despierta una gran idea, un túnel cualquiera se convierte en un verdadero ferrocarril subterráneo que une a todos los habitantes del bosque. Un cuento cálido sobre la bondad, la amistad y esa hermosa verdad: que los cambios más grandes empiezan con un sueño pequeño y un enorme deseo de hacer el mundo un poquito mejor.

En lo más profundo de un bosque espeso y verde, dentro de una madriguera acogedora, vivía un topito llamado Tomás. Tenía los ojos más curiosos del mundo y dos patitas diminutas que no paraban nunca. Y más que ninguna otra cosa, a Tomás le encantaba cavar. Cada día ensanchaba con esmero sus túneles serpenteantes, y cada vez que descubría un rincón nuevo bajo la tierra, abría los ojos de asombro, porque cada hallazgo le parecía un pequeño milagro.

Pero, con el paso de las estaciones, cavar se volvió algo cotidiano, y Tomás empezó a pensar. ¿Y si su habilidad pudiera servir no solo para él, sino también para los demás habitantes del bosque? Una mañana de niebla, cuando los primeros rayos pálidos del sol aún luchaban por colarse entre las ramas, Tomás asomó la nariz y oyó cómo la ardilla Mía discutía con la liebre Max.

—¡Tengo que llevar estas nueces hasta el otro lado del bosque, y está taaan lejos! —se quejaba Mía con los cachetes bien llenos. —¡Y yo tengo que llegar rápido al prado de la hierba más fresca! —resopló Max, dando un golpecito con su larga pata.

En ese mismo instante, Tomás supo que podía ayudar. «¿Y si construyera un ferrocarril subterráneo?», pensó. «Así todos podrían moverse por el bosque rápido y sin peligro, con sol o con lluvia». La idea le brilló en la mente como el sol en un charco. Sin perder ni un minuto, Tomás se remangó y se puso manos a la obra.

Primero trazó un plan. Cavaría túneles que unieran los lugares más importantes de todo el bosque: el gran claro del roble, el lago reluciente, la cañada de los hongos y la alta roca gris donde vivía la sabia lechuza. Era una tarea enorme, pero si de algo tenía Tomás de sobra, era de una terquedad alegre y decidida.

Así que llamó a sus amigos para que lo ayudaran. El castor Bruno labró rieles lisos con los troncos de arbolitos jóvenes, y la ratoncita Emi armó los vagones, uno a uno. El trabajo bullía de día y a la luz de un farol por la noche. ¡Tac, toc, pum! Y al cabo de unas semanas atareadas, el primer tramo del ferrocarril subterráneo estuvo listo.

Para la gran inauguración se reunieron todos los animales del bosque, ansiosos por ver lo que había inventado el ingenioso Tomás. Con mucho orgullo, les mostró cómo andaban los vagones: se deslizaban suavemente gracias a un astuto sistema de pedales que se pisaban con las patitas. ¡Zum, clic, y allá iban! Toda la multitud dio un grito de asombro y aplaudió.
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La segunda mitad del cuento, con ilustraciones y sin internet.

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