El espejo que decía la verdad
- 6-8 min de lectura
- 14 páginas
La princesa Isabella es amada en todo el reino por su bondad, y una mañana descubre un viejo espejo que muestra a cada persona quién es de verdad. Cuando lo lleva al palacio e invita a todos a mirarse, el espejo enciende un cambio callado en cada corazón… y guía a casa a un hermano perdido. Un cuento cálido y luminoso sobre la bondad, el conocerse a uno mismo y el valor de llegar a ser la mejor versión de uno.

En un reino rodeado de bosques como pintados y de ríos que brillaban igual que estrellas derramadas, vivía una princesa muy dulce llamada Isabella. El pueblo la adoraba, porque su corazón era generoso y su compasión no tenía fondo. Isabella visitaba a menudo las aldeas: cuidaba a los enfermos, daba de comer a los hambrientos y ayudaba a todo el que lo necesitara.

Una mañana soleada, mientras paseaba por el jardín real, Isabella descubrió una puertecita misteriosa, medio escondida detrás de un tupido rosal. Con curiosidad, la abrió… y allí, bajando y bajando, había una escalera estrecha y en espiral que llevaba muy hondo, bajo la tierra.

Bajó los peldaños hasta encontrarse en una silenciosa sala subterránea. En el mismísimo centro descansaba un espejo viejo y polvoriento. En cuanto se acercó, el cristal se encendió con un resplandor suave y, desde sus profundidades, llegó una voz tierna y cálida.

—Princesa Isabella, has encontrado el Espejo de la Verdad —dijo—. Yo revelo la verdadera esencia de quien se mira en mí. Debes usarme para ayudar a tu reino.

Isabella decidió llevar el espejo hasta el palacio. Para celebrar su hallazgo, organizó un gran banquete e invitó a todos los habitantes del reino. Durante la fiesta, cualquiera que quisiera podía asomarse al Espejo de la Verdad y ver su verdadera esencia.

La noticia del espejo mágico voló más rápido que las golondrinas, y pronto llegó gente de todos los rincones del reino. Muchos ansiaban ver brillar en el cristal lo mejor de sí mismos, pero algunos temían lo que el espejo pudiera revelar.

El primero en acercarse fue un mercader rico, orgulloso y muy seguro de sí. Pero, en lugar de su riqueza y su éxito, el reflejo le mostró avaricia y negocios deshonestos. Avergonzado y conmovido, el mercader prometió cambiar: ser generoso y llevar sus asuntos con honradez y dignidad.
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La segunda mitad del cuento, con ilustraciones y sin internet.

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