El puente que unió los corazones
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- 19 páginas
En un valle verde, partido en dos por un río bravo y caudaloso, vivían dos aldeas tan cercanas que casi se tocaban… y aun así, durante años, fueron desconocidas. Entonces una tormenta terrible puso su mundo patas arriba, y solo quedó un camino: tenderse la mano por fin sobre el agua. Un cuento cálido sobre cómo las penas pueden unir a las personas, y cómo un puente de piedra y madera puede convertirse en un puente entre corazones.

Hace mucho, mucho tiempo, en un valle abrazado por altas montañas azules, había dos pequeñas aldeas: una se llamaba Vallearroyo y la otra Recodo del Río.

Las dos aldeas estaban muy cerca, como buenas vecinas, y sin embargo un río ancho y rugiente corría entre ellas, justo por el centro del valle. Durante años y años, la gente de Vallearroyo y la gente de Recodo del Río vivieron cada cual por su lado, sin apenas darse los buenos días de una orilla a la otra.

Los de Vallearroyo eran labradores muy hábiles, famosos por sus campos dorados y sus cestas rebosantes de cosecha. Los de Recodo del Río eran artesanos con mucho talento: hacían muebles hermosos, herramientas resistentes y vasijas del mejor barro.

A las dos aldeas les iba bien y no les faltaba de nada. Y sin embargo, a cada una le faltaba justo lo mismo: un amigo al otro lado, una amistad como la que nunca habían tenido.

Entonces, un verano, una tormenta terrible se abatió sobre el valle. El río creció y bramó y se puso furioso; sus aguas subían más y más, hasta que se desbordaron y cubrieron las dos aldeas por completo.

Los campos de Vallearroyo quedaron arrasados y anegados, y las casitas de Recodo del Río se derrumbaron en pedazos.

Desde ambas orillas, los aldeanos miraban con angustia cómo todo su esfuerzo se lo llevaba la crecida. Y cuando por fin la tormenta amainó, salieron de sus casas para ver qué había quedado.

La gente de Vallearroyo encontró sus cosechas destruidas, y el corazón se les encogió. ¿Cómo iban a pasar los largos meses que venían sin nada que comer?

La gente de Recodo del Río encontró sus herramientas rotas y sus talleres en ruinas. La inundación los había dejado sin manera de reparar sus casas ni de seguir con su oficio.
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La segunda mitad del cuento, con ilustraciones y sin internet.

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