Blancanieves: el cuento original

En la versión de los Grimm la reina pide el hígado y los pulmones de la niña, nadie la despierta con un beso, y el final es de zapatos de hierro al rojo.

Blancanieves no la inventó Disney ni la inventaron los hermanos Grimm: la recogieron. Está en su primera colección, «Kinder- und Hausmärchen», publicada en Alemania en 1812, con el número 53. Lo que se cuenta hoy es una versión muy limada de aquello, y las diferencias no son detalles.

Tres de esas diferencias cambian el cuento entero: qué pide la reina, cómo despierta Blancanieves y qué pasa al final. Ninguna de las tres sobrevivió al siglo XX.

Lo que la reina pide de verdad

En el texto de los Grimm la reina no encarga solo que maten a la niña. Le ordena al cazador que le traiga el hígado y los pulmones de Blancanieves, porque quiere comérselos. El cazador no puede hacerlo, deja marchar a la niña y le lleva a la reina el hígado y los pulmones de un cervatillo joven. La reina los come sin saberlo.

Ese detalle explica por qué el cuento funciona: la reina no tiene celos abstractos, tiene un plan concreto y repugnante, y el cazador desobedece sabiendo lo que arriesga. Sin él, el cazador es solo un hombre que se apiada; con él, es un hombre que engaña a alguien capaz de eso.

Tres visitas, no una manzana

La manzana tampoco es el primer intento. La reina se disfraza tres veces y vuelve tres veces: primero como vendedora de cintas, y le aprieta una alrededor del cuello hasta dejarla sin aire; después con un peine envenenado que le clava en el pelo; y solo al final con la manzana. Los enanos la salvan las dos primeras veces, le quitan la cinta y el peine, y le repiten que no abra a nadie.

La manzana también tiene truco. Es mitad blanca y mitad roja, y la reina se come delante de ella la mitad blanca, que no tiene veneno. Blancanieves no acepta porque sea ingenua: acepta porque acaba de ver a la otra comer del mismo fruto.

Es decir: Blancanieves desobedece tres veces, y el cuento no la castiga por tonta — la reina simplemente es más paciente que ella. Esa repetición de tres es lo que hace el cuento largo y lo que lo hace bueno para leer en voz alta.

Nadie la despierta con un beso

El beso del príncipe no está en los Grimm. Blancanieves lleva tiempo en un ataúd de cristal y el príncipe pide llevárselo. Mientras sus criados cargan con él, uno tropieza; el golpe hace que a Blancanieves se le salga de la garganta el trozo de manzana envenenada, y así se despierta.

Se salva por un accidente, no por amor. El beso llegó mucho después, con las versiones ilustradas y el cine, y de paso le quitó al cuento lo que tenía de raro: que nadie hace nada bien y aun así todo sale bien.

El final que casi nadie cuenta

La reina no se cae por un barranco. Va a la boda de Blancanieves, y allí la esperan unos zapatos de hierro puestos al fuego hasta ponerse rojos. La obligan a calzárselos y a bailar con ellos hasta que cae muerta.

Este final se cuenta cada vez menos, y se entiende. Pero cambia el cuento: en los Grimm el castigo no es una desgracia, es una sentencia, y sucede delante de todos los invitados. Quien se la lea completa a un niño debería saber que ese párrafo está ahí.

¿Madre o madrastra?

En la primera edición de 1812 quien tiene celos de Blancanieves es su propia madre. Los Grimm la convirtieron en madrastra en las ediciones siguientes, igual que hicieron con la madre de Hansel y Gretel. La razón que se les atribuye es la misma en los dos casos: el libro empezó a venderse como lectura para familias, y una madre que quiere matar a su hija resultaba insoportable.

Conviene recordar que los Grimm siguieron corrigiendo su propio libro durante más de cuarenta años, hasta la séptima edición de 1857. Cuando alguien dice «la versión de los Grimm» casi siempre está hablando de esa última, no de la de 1812.

Qué decirle a un niño que pregunta

La pregunta habitual es por qué la madrastra la odia tanto. La respuesta del cuento es literal y basta: porque el espejo dejó de decirle que era la más bella. A un niño le sirve, porque reconoce el sentimiento aunque no sepa nombrarlo.

Si pregunta si la reina se muere de verdad, la respuesta honesta es que sí, y que en el cuento eso es el final y no una escena más. Los cuentos de los Grimm terminan de verdad, y esa es una de las razones por las que se recuerdan.

Cómo lo contamos nosotros

Nuestra versión es más corta y está escrita en frases simples, pero no le cambiamos el final ni le quitamos la reina. El hígado y los pulmones no están, y el trozo de manzana sí. Es la decisión que tomamos en todos los cuentos: acortar, nunca endulzar.

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