El pueblo que perdió sus colores
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En un pueblo donde cada casa brillaba como un arcoíris, vecinos de mil colores, lenguas e historias vivían felices, unos junto a otros. Pero cuando los colores empiezan a apagarse —y con ellos, las risas—, una niña llamada Lila se propone recordarle a todos qué hace tan especial a su pueblo. Una historia tierna y luminosa sobre cómo celebrar nuestras diferencias, todos juntos, puede devolverle la alegría al mundo entero.

Muy lejos, entre colinas verdes y bosques profundos que susurraban al viento, había un pueblecito llamado Caleidos. No existía otro lugar igual en todo el mundo, porque sus casas estaban pintadas de todos los colores que uno pudiera imaginar.

Cada calle era un estallido de arcoíris. Y quienes vivían allí eran tan alegres y brillantes como sus casas. Venían de muchos lugares distintos, hablaban muchas lenguas distintas y conservaban muchas tradiciones distintas. Y a pesar de todas sus diferencias, la gente de Caleidos vivía feliz y en armonía.

Pero no a todos les gustaba el arcoíris del pueblo. Entre los vecinos vivía un hombre llamado Gregorio, cuya casa estaba pintada de un gris apagado y aburrido. A Gregorio no le gustaba nada que fuera distinto de su propia manera tranquila de vivir.

Creía que todos debían verse igual, hablar la misma lengua y seguir las mismas costumbres. Los colores vivos del pueblo lo irritaban, y a menudo refunfuñaba que todo sería mucho mejor si cada uno fuera exactamente igual que él.

Un día, Gregorio se cansó por completo. Empezó a recorrer el pueblo tratando de convencer a la gente de que pintara sus casas de gris. —¡El gris es el color de la unión! —proclamaba—. Si todos somos iguales, ya no habrá más peleas ni más problemas.

Al principio, algunas personas lo escucharon. Quizá tiene razón, pensaron; quizá ser todos iguales haría la vida más sencilla. Poco a poco el pueblo fue perdiendo su brillo, a medida que más y más casas se pintaban de gris. Las calles que antes resplandecían se volvieron tristes, opacas y monótonas.

Pero cuando los colores se apagaron, la alegría se apagó con ellos. Los vecinos casi dejaron de hablarse. Ya no celebraban sus fiestas especiales ni compartían sus historias. El pueblo se puso triste, y aquellos días llenos de vida se convirtieron en un silencio sombrío.

Un día, una niña llamada Lila, que siempre había adorado los colores vivos de Caleidos, se dio cuenta de lo gris y apagado que se había vuelto su pueblo. Echaba de menos las risas, la música, las ferias y las fiestas alegres. Así que Lila decidió visitar a sus vecinos para saber cómo se sentían.

Primero llamó a la puerta de doña Rosa, cuya casa había brillado antes con un precioso color rosa.
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La segunda mitad del cuento, con ilustraciones y sin internet.

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